Primer capítulo de: ¡Que vengan cuando quieran!

I

Noche del 4 de Agosto de 1539.

Campamento turco instalado en el sitio de la Ciudadela de Castilnuovo.

Los soldados, inclinados en señal de sumisión, mantenían las cabezas agachadas y los ojos cerrados, como si implorasen la intervención divina para salvar sus vidas. Ante ellos, acariciándose el fiero bigote de su barba carmesí, Hizir bin Yakup, conocido en la cristiandad como Jeireddín Barbarroja, consideraba en silencio las palabras de los desertores. Era un hombre corpulento, de no muy elevada estatura, cabellera larga del color del fuego anudada en la nuca, barba y bigotes indomables como las lenguas del incendio azuzado por el odio que abrasaba su mirada. Apretaba las poderosas mandíbulas con rabia como si masticase sus pensamientos y, a fe de sus lugartenientes, su voz bramaba con un torrente de fuerza y determinación. Se protegía con una coraza ribeteada en oro y plata, sobre sus ropajes amplios confeccionados en seda e hilo de oro.

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El Almirante en jefe de la flota turca, el hombre más odiado y a la vez más temido en todo el Mediterráneo, tomó asiento mientras consideraba el siguiente paso a seguir. Conquistar el castillo alto de la fortaleza le había reportado un número desproporcionado de bajas, unidas a las ya desorbitadas cifras que había cosechado desde el inicio del asedio. La determinación de un puñado de andrajosos cristianos encerrados entre las ruinas de la ciudadela tejía una nube de ira que le ofuscaba sus pensamientos. Tan solo ansiaba verter la sangre infiel de sus enemigos, desmembrar sus cuerpos y torturar a los supervivientes para cobrarse en vidas, con toda la crueldad del infierno, el terrible desgaste que tomar aquella plaza había supuesto. Su asistente más fiel, Ulamen, gobernador del sancak de Bosnia, se mesó las barbas de manera indiferente. Si aquel hombre, a quien Jeireddín escuchaba con atención mantenía silencio, ningún miembro del resto de la plana mayor turca osaría tomar la palabra.

La voz del general turco, poderosa y grave como si procediese desde el interior de la tierra, volvió a preguntar en un torpe castellano:

—¿Y decís que deberíamos atacar?

Había incredulidad en sus palabras, y los tres prisioneros temblaron como si les hubiera azotado un látigo de mil puntas. Uno de ellos, conocido como Cortina, se atrevió a replicar:

—Así es, mi señor: el Maestre Sarmiento apenas dispone de hombres en condiciones de continuar con el combate. Muchos de ellos sufren heridas, otros están exhaustos.

El español era un hombre menudo aunque de porte recio, andrajoso y sucio como una rata de alcantarilla. No parecía el informador más fiable pero Barbarroja era consciente de que, precisamente aquellos hombres, lo fiaban todo a lo único que les podría salvar la vida: el éxito de sus captores. Alzó la mano, y al instante sus asistentes se llevaron a rastras a los tres traidores, quienes habían coincidido por separado en la misma información: el Maestre Sarmiento apenas contaba con un millar de soldados, muchos de ellos malheridos y otros muchos exánimes.

Necesitaba concluir el asedio de manera rápida y eficaz.

—A primera hora del día asaltaremos de nuevo la ciudad —concluyó como si hablara para sí mismo—. Los Jenízaros deberán encabezar la ofensiva, seguidos por la caballería desmontada. Que la artillería continúe batiendo la ciudad hasta que nuestros hombres comiencen el ataque.

Sus lugartenientes inclinaron las cabezas y respondieron al unísono:

—¡Al·lahu-àkbar!

Jeireddín los despidió con un nuevo ademán de la mano, y el odio proseguía incendiando su mirada mientras sus pensamientos comenzaban a aclararse. Aquellos perros infieles pagarían muy caro todo el daño que le habían provocado. Lo juró en silencio.

Lo pagarán muy caro.

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