Primer capítulo de “Una novela negra defectuosa”

“La sangre espesa aún manchaba el cuello del cuerpo sin vida. Su tacto era templado, posiblemente algo frío. La mirada vidriosa aun reflejaba la luz del mediodía que refulgía en sus pupilas esmeraldas.

Joe permaneció un largo instante contemplando sus manos manchadas por la sangre de la muchacha, como si se negara a dar crédito a lo sucedido. Respiraba de manera lenta, controlando los latidos desbocados de su corazón. Era consciente de que no debía perder los nervios. Giró el rostro, lentamente, como si aguardase que la muchacha le sonriese, pero el rostro de Sara yacía recostado sobre la almohada de la cama. Su cuerpo, antes pleno de vitalidad, se encontraba trabado entre las sábanas y salpicado por la sangre surgida desde una profunda herida en la garganta.

Aquella escena le recordó al inicio de la película “Sin City”, en la que el protagonista bebía en silencio mientras contemplaba el cuerpo de una mujer sin vida en su propia cama. Pero a diferencia de la película, él había conocido a Sara dos semanas antes; y no en la misma noche, como narraba el filme:

            “—Huele como deben oler los ángeles, la mujer perfecta, una diosa, Goldie, dice que se llama Goldie.”

Quizá no podría negar una cierta similitud con la película. Había conocido a Sara por casualidad: ella era una hermosa muchacha que se acercaba a un desconocido y le seducía sin motivo aparente, como en la ficción. Joe aún se cuestiona el motivo por el cual ella decidió acercársele… no era un hombre atractivo, ni rico, y aunque había vendido algunas novelas, no se puede considerar que sea la fama lo que ella hubiera buscado en él.

No merecía la pena continuar con la duda, puesto que ella yacía allí sin vida: en su apartamento, entre sus sábanas. En realidad sopesaba lentamente qué palabras emplear cuando llegase el momento de avisar a la Policía: por supuesto que debería limpiarse las manos antes de que entrase la “pasma” y lo registrase todo. Tenía claro lo que repetiría hasta la saciedad:

Él no había sido. Él la amaba, si es que se puede amar a alguien a quien conoces de apenas quince días.

Sus pensamientos surgían lentamente, como embotados por la emoción de la situación. Le costaba reaccionar: tan sólo permanecía sentado junto a Sara, contemplándose las manos y preguntándose qué camino seguir.

El sonido de pasos a lo largo del pasillo de la escalera no le arrancó de su ensimismamiento. Y tampoco el estruendo que precedió a la llegada de la policía, ni sus voces alertando de su presencia.

—¡Estás detenido, Juan Laguna! —dijo uno de los agentes, mientras le encañonaba con su pistola a varios metros de él—. ¡No cometas ninguna tontería!

Juan Laguna, Joe para los amigos, conocidos e incluso para aquellos que le odiaban, alzó un rostro tan pálido como el de su amante sin vida.

Luego, las imágenes borrosas de hombres reduciéndole, el dolor de los hombros tras esposarle las manos en la espalda y el latido de su propio corazón llenaron su campo de visión.

—Yo no he sido —balbuceaba—. Yo no he sido.”

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