Primer capítulo de “Decisión encadenada”

Capítulo primero.

Comprobó la dirección del viento observando un pequeño paño que flameaba no muy lejos del objetivo. Contuvo el aliento y ajustó la mirilla con precisión. Su pulso en aquel instante era perfecto, firme como el de una estatua. La vista, inmejorable. Se encontraba situado en lo alto de un edificio ruinoso y abandonado a una veintena de metros de su objetivo. Era una suerte que aquel violador impenitente hubiera elegido un pueblo casi deshabitado en invierno para pasar desapercibido.

No sería un asesinato.

Era un acto de justicia.

El acero del rifle recordó la fría temperatura del invierno. Tomó la corredera y cargó lentamente el arma. El chasquido del cerrojo era uno más entre los de la estructura del edificio. Se acomodó en el suelo tendido sobre una pequeña lona que lo aislaba del frío y la suciedad.

La tensión entrecortaba el aliento del tirador. Se encontraba ligeramente inquieto. Aquel trabajo no era parecido a los anteriores, abatiendo terroristas o soldados enemigos en la guerra, años atrás. Podía ser un acto moralmente justificable, pero ahora se disponía a ejecutar a un hombre a sangre fría. El cerebro le proporcionó la coartada necesaria para resolver la disyuntiva: no era un hombre. Era un animal. Un violador en la calle, sin remordimientos, sin muestras de arrepentimiento. La imagen de su hija mayor surgió durante un instante en el interior de su cabeza, sustituida por la fotografía de la niña que se había cruzado con él en una de las callejuelas del pueblo. Ella no había podido distinguirle, pero él si había podido reparar en su cándido rostro, sus ojos hermosos y su caminar confiado. Si sus padres hubieran sido advertidos de la presencia de un violador en serie en el pueblo, a buen seguro que aquella niña no habría recorrido las calles con tanta tranquilidad.

El psicólogo de la cárcel había declarado en la televisión que aquel miserable no había sido reeducado. Que volvería a delinquir, pero el sistema penitenciario lo puso en la calle.

Y él haría justicia. Quizá la mejor manera de evitar más dolor es provocándolo previamente, de manera seleccionada y controlada. Por ese motivo él se encontraba allí. No como un francotirador situado en lo alto de un edificio de Sarajevo, localizando a francotiradores enemigos que abatían a la población local, o como mercenario en la borda de un petrolero con el propósito de disparar contra cualquier embarcación sin identificar que se aproximase.

Su misión exigía matar a sangre fría, y nunca se había mostrado dispuesto para ello, excepto para aquella ocasión.

Asesinos. Violadores. Torturadores. Todos a la calle, sin reparar el daño a sus víctimas, sin cumplir sus cadenas por completo. A pesar de los informes negativos y de las opiniones de los especialistas. “La ley es la ley”, dijo el docto comentarista en la televisión. Si el sistema judicial dispone una serie de premisas, hay que aplicarlas sean quienes sean sus receptores. Reinserción en la sociedad. ¿Y si el delincuente no muestra esos deseos de reinsertarse? Es lo mismo. A la calle si ha cumplido con lo mínimo, aunque sea disfrutando del tercer grado.

Debía controlar la respiración. Aquellos pensamientos le agitaban la conciencia, y por ende el pulso. Inclinó ligeramente el rifle y situó la mirilla exactamente donde deseaba. El maldito miserable se bebía un refresco apoyado en la fuente del pueblo, observando la hermosa iglesia que se alzaba ante él, chateando con el móvil, despreocupado, feliz.

Peligroso.

Deslizó el dedo lentamente por el gatillo y lo acarició. El arma se encontraba cargada y lista para disparar, y alargó el momento durante un instante.

Por las niñas a las que cambiaste la vida.

Por las niñas a las que yo voy a cambiar la vida.

El sonido seco del disparo asustó a una bandada de aves y se alejó entre los edificios del pueblo con un eco sordo. Nadie sospechó que un hombre yacía en el interior de la fuente del pueblo con la cabeza destrozada, porque los cazadores abundan por aquella zona y pareció un disparo más en época de caza.

Recogió los útiles con celeridad y limpió el suelo.

Hoy se había hecho justicia.

Quedaban cuatro más.

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