Primer capítulo de “Operación: La Sangre del Diablo”

I

Cerca de la costa portuguesa.
10 de Agosto de 1944.

Contuvo el aliento y enfocó correctamente los prismáticos. El rostro cetrino de Joao apareció ante él; transportaba una voluminosa caja y transpiraba abundantemente, al igual que sus compañeros mientras vaciaban el contenido de un camión conduciéndolo al interior de una cueva. El tamaño informe de los bultos le proporcionaba la información deductiva necesaria para sonreír: había logrado hallar el almacén secreto donde Smith escondía su mercancía.
Dirigió la mirada hacia el propio Smith: inmóvil y apoyado en la portezuela del piloto del camión supervisaba la operación, manteniendo una gruesa llave metálica en la mano y observando con ceño fruncido el trabajo de sus hombres. Era alto y corpulento, de rostro agraciado y voz autoritaria; un antiguo teniente del ejército estadounidense, que al parecer había desertado durante el Día D un par de meses atrás. Un maldito traidor al que el alto mando había prohibido detener hasta que no se lograse averiguar el propósito de su estancia en Estoril. Pero su secreto ya había sido revelado, por lo que en poco tiempo sería arrestado y conducido hacia un tribunal militar.
Prestó atención a la camioneta, donde Joao se había detenido un instante para enjugarse el sudor del rostro con un pañuelo sucio. Era un hombre valiente aquel pequeño portugués, y ambicioso; pero la información que le había revelado era veraz, de manera que los trescientos dólares que le había cobrado se antojaban muy productivos. El día comenzaba a declinar, lo que seguramente proporcionaría un ligero alivio dentro del sofocante infierno que reinaba en aquel lugar.
Edgard Philips, agazapado detrás de la maleza, depositó los prismáticos en el interior de su funda de cuero. El corazón latía de manera frenética, el sudor le empapaba la camisa como si hubiera tomado un cálido chapuzón y su estómago rugía furioso. Después de permanecer todo el día apostado frente aquella gruta, había logrado su propósito, así que decidió regresar al jeep e informar a sus superiores.
Por fin tenía atrapado al traidor.
Retornó hacia su vehículo con rapidez para desentumecer las piernas después de una larga vigilia. El calor había sido insoportable, y a pesar de permanecer apostado en un lugar cobijado por la penumbra, había agotado su reserva de agua a las pocas horas de iniciar la vigilancia. El jeep aguardaba oculto en un claro próximo a la carretera principal, y junto a él se encontraría apostado como vigía el sargento Kerrell, quien anteriormente le había alertado de la aproximación del convoy dirigido por Smith. Era un buen soldado Kerrell, a quien conocía desde que compartieron el campamento de adiestramiento cuatro años atrás: disciplinado, inteligente, buen observador y dominaba cinco lenguas, lo que le había convertido en la ayuda perfecta para aquella misión en la inquietante Portugal, plagada de agentes dobles, traiciones e intrigas.
Las sombras comenzaban a alargarse cuando avistó al jeep. El terreno era extremadamente abrupto e irregular en aquella zona, y aunque era incapaz de recordar el nombre que aparecía ilustrado en los planos, los lugareños lo conocían como las colinas del diablo. Tratar de comprender la lógica de aquellos hombres de pequeña estatura, piel mayoritariamente tostada por el sol, morenos como el carbón y con un temperamento tan fuerte como la explosión de una caja de granadas, era una tarea imposible de afrontar para él.
—Nos vamos, sargento —dijo mientras se aproximaba hacia la cabina del automóvil.
Percibió un movimiento en la espesura y dedujo que su camarada se disponía a acompañarle. El tacto de un objeto metálico en su espalda le reveló una realidad bien diferente a la que podría aguardar.
—Levante las manos y no cometa ninguna estupidez —dijo una voz con acento portugués—. Gírese con cuidado, o le vuelo la cabeza de un disparo.
Obedeció lentamente con las manos en alto. Ante él tres hombres mantenían sendas escopetas apuntándole. Al instante apareció Kerrell custodiado por otro desconocido, quien empuñaba una Glock a un centímetro de su nuca.
—Lo siento, capitán —se disculpó el sargento.
—No se preocupe.
Sus captores eran hombres de mirada dura, corpulentos y de piel morena, a la usanza de las gentes de la zona. No reconoció a ninguno de ellos al servicio de Smith, por lo que podría albergar alguna esperanza de mantener la misión en secreto.
—Caminad —ordenó uno de ellos mientras agitaba ligeramente el cañón de su escopeta—. Sin tonterías, y sin bajar las manos.
El grupo caminó hasta la cuneta de la carretera principal, donde se detuvo. El líder encendió un cigarrillo y tomó asiento bajo la creciente sombra de un grueso nogal situado a varios metros del linde, y mantuvo la mirada clavada en los dos norteamericanos recién cazados, como si se encontrase calculando el próximo paso a realizar. El sonido del motor de un camión anunció, minutos después, la llegada del convoy. Smith descendió de la camioneta que iba en cabeza con una sonrisa socarrona.
—Así que Joao se encontraba en lo cierto —dijo con voz animada.
Palmeó la espalda del jefe del grupo, y éste se dirigió hacia el camión detenido a pocos metros de ellos. El aludido había descendido del transporte empuñando un viejo revolver que ya era una antigualla en la guerra de secesión norteamericana. Una mirada de reproche por parte del capitán Philips fue esquivada por el portugués girando el rostro y apuntando al sargento.
—La lealtad de mis hombres se basa en mi generosidad —dijo Smith. Se detuvo a un metro del capitán con su sonrisa taimada aún dibujada en el rostro—. Les pago bien, y si uno de ellos recibe la proposición de un soborno, le primo con la cantidad ofrecida como recompensa a su lealtad. Hoy Joao acaba de ganar la muy estimable suma de seiscientos dólares: los trescientos que el gobierno de los Estados Unidos le ha proporcionado por medio de usted, y otros trescientos que le entregaré en cuanto regresemos a Estoril. No me mire así, capitán Philips: es la naturaleza de los portugueses. Son codiciosos, y siempre están dispuestos a traicionar a su patrón por culpa de unos cuantos dólares más. Pero tampoco les culpe: son gente pobre y humilde, y necesitan aprovechar estos tiempos en los que su tierra se convierte en un escenario de guerra tan importante como el de Normandía. Cuando termine la guerra nos marcharemos, y sus vidas regresarán a las miserias que les ocupaban antes de llegar nosotros.
—Debes dejarnos en libertad —replicó el capitán con tono duro—. Somos miembros de la embajada de los Estados Unidos, esta retención es ilegal.
Smith extrajo un cigarrillo y lo encendió con parsimonia. El sol se ocultaba tras las colinas, y el calor comenzaba a disminuir su fuerza.
—Por lo que a mí respecta, nadie conocerá este pequeño incidente. Joao, conduce al acompañante del capitán Philips de regreso a su jeep. Usted —dijo mientras apuntaba a Philips con el cigarrillo en la mano— suba al camión. Deberá contestarme a muchas preguntas esta noche, y si sus respuestas me satisfacen quizá le libere.
Joao se aproximó hasta el sargento Kerrell y hundió el revólver entre sus costillas, desgarrándole la camisa.
—Si intenta jugármela, le reviento la espalda —amenazó con un gruñido.
Y era cierto. Aquel arma podría provocar en la espalda de Kerrell un agujero mayor que el de un fusil M1 a pocos metros, y la proximidad del cañón imposibilitaría cualquier movimiento de huída. Philips se encaramó en el interior del viejo camión vigilado por los cañones de dos escopetas.
Pocos minutos después tres disparos resonaron en las proximidades, y la sangre de Philips se heló cuando observó a Joao regresar con su revólver aún humeante.
—Por lo que veo, ya no deberemos preocuparnos por el sargento —apuntó la voz de Smith desde la cabina del piloto—. No tema, capitán, nadie conocerá el lugar a donde le conduciremos. Joao se ha encargado de ello.
Se incorporó con el rostro transformado en una máscara de odio hacia Smith, pero la culata de una de las escopetas le golpeó en la cabeza y lo derribó. La oscuridad comenzó a crecer, y las palabras del traidor resonaban en su cabeza al compás de los disparos del viejo revolver de Joao. Y el dolor por la pérdida de su viejo camarada fue desvaneciéndose a medida que su consciencia se disipaba.

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