Primer capítulo

PRIMER CAPÍTULO

Lo peor de tratar de olvidar durante la noche, es que a la mañana siguiente la resaca te golpea como un martillo pilón. Miguel Herrero se detuvo en el último peldaño del portal como si aguardase a que dicho martillo dejase de machacarle el cerebro simplemente para respirar el aire de la mañana. Evidentemente era una esperanza inútil. Comenzó a caminar con la cabeza agachada y paso lento, con la mente aún demasiado emborronada como para decidir un destino. Se había levantado aquella mañana como si un boxeador le hubiera acariciado la cabeza durante toda la noche, y tras darse una ducha más parecida a una tortura medieval había dejado su casa casi a la carrera, como si huyera de ella. Cada vez que no encontraba un rumbo en sus paseos se dirigía hacia el parque que se extendía frente a su vivienda, como si aquel lugar le ofreciese un cobijo más seguro que el de su propia casa.

            —Señor Herrero —dijo una voz a su espalda.

            Miguel se giró lentamente y observó al interlocutor: vestía camisa a cuadros y pantalones tejanos, era corpulento, rostro duro y corte de pelo militar.

            —¿Puede acompañarme, por favor? Mi jefe necesita entrevistarse con usted. Es urgente.

            Mientras hablaba con un ligero acento eslavo señaló con una mano a un Mercedes todoterreno de lujo aparcado a varios metros de ellos. La residencia de Miguel se encontraba en un bloque de viviendas construido en la periferia de Guadalajara; un islote ceniciento acompañado por un sórdido parque de incipiente vegetación y una explanada de solares vallados a la espera de un imposible futuro.  Tan sólo el incipiente verde del parque añadía una tonalidad de vida en aquel páramo de extrarradio.

            No, otra vez no, todo esto me suena demasiado.

            Ambos se encontraban junto a la calzada apenas transitada por un puñado de automóviles. 

            —¿Tiene hora? —Respondió Miguel—. Si no es muy tarde, le acompañaré…

            El desconocido inclinó la cabeza para consultar su reloj de pulsera, y Miguel aprovechó el instante para propinarle una rápida patada en la entrepierna y huir hacia el parque como una exhalación. Una exhalación con resaca, por supuesto.

            Giró la cabeza tras recorrer un pequeño trecho y comprobó que el desconocido permanecía en su puesto observándole con gesto adusto. El teléfono sonó y Miguel lo descolgó mientras proseguía la huída. Era Raúl del Grenal, buen amigo suyo.

            —¿A dónde vas?

            —Estoy haciendo footing —replicó Miguel con la voz entrecortada—. Lo hago todas las mañanas. Viene bien para tonificar el cuerpo.

            Raúl ahogó una ligera risa antes de proseguir:

            —Te estoy viendo. ¿Quieres pararte de una vez? Pareces un pato mareado.

            Miguel obedeció de inmediato. Sentía que la cabeza le explotaría en breve, y comenzaba a sudar profusamente. Guardó silencio para recuperar algo de aliento.

            —Estoy en un coche negro todoterreno aparcado junto a tu casa —prosiguió Raúl—. Entra, que tenemos que hablar de algo muy importante.

            —Podrías haber sido tú el que me hubiera invitado —protestó Miguel mientras regresaba hacia su casa—. No me gusta que un matón me invite a entrar en un coche que no conozco. Eso me suena demasiado a aventuras pasadas, y no me gustan nada.

            —Disculpa si te hemos alarmado, pero las personas que me acompañan quieren discreción.

            —Pues entonces hablaremos, pero no en el coche. Nos vemos en el museo dentro de una hora; entrad por el aparcamiento subterráneo, será más discreto. Espero que sea importante, Raúl, porque todo esto no me huele bien.

            —Pues cuando te lo cuente, te olerá peor. Aquí tienes un adelanto: Oli y su mujer han desaparecido. Creo que les han secuestrado.      

            Miguel se detuvo incrédulo mientras colgaba el teléfono. El matón se introdujo en  el Mercedes y el vehículo arrancó con un ligero ronroneo.

            Si Raúl sospecha que han secuestrado a Oli, es que está en lo cierto, maldita sea. ¿No puedo tener una vida tranquila, como la de cualquier tipo normal?

            El dolor de cabeza contestó de inmediato: no.